19
de
Enero
CULPA DE LOS MUERTOS, 1ER ACTO
LA CULPA DE LOS MUERTOS
obra de teatro de Alejandro Maciel, basada en la novela del mismo título, Editorial Rubeo, Barcelona, 2008.
Obra de teatro que comparte el tema con la novela sin ser una adaptación de aquella.
PRIMER ACTO
La acción transcurre en algún momento entre 1977 y 1979 en algo que parece un sitio muy seguro, un sótano o algo similar a una cuadra militar. Debe haber una pared blanca donde se proyectarán imágenes confusas que el público podrá ver aunque los actores estén de espaldas o de costado: no interesa, ellos, no los actores sino los personajes que interpretan los actores ya han visto en la vida esa realidad sería ocioso mostrársela de nuevo esta vez como mera representación.
La música que inicia la acción es el 2do movimiento (Largo) de La Primavera de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi, que se escuchará durante 1 minuto luego se irá extinguiendo lentamente para dejar un breve silencio tras el cual se escucharán varios sonidos: una breve conversación entre dos mujeres y un niño, sirenas de bomberos, voces militares dando órdenes, la marcha a “Mi bandera” (muy breve, con fondo de voces que alarman, motores, tiros lejanos, voces desconocidas como pájaros efímeros en un cielo de la siesta) hasta que se impone una voz muy fuerte que dice “Basta” y todo se apaga.
En la pantalla aparecerá la imagen de Alex contando:
Los mitos se alimentan de distancia y ausencias como el
amor; la imagen de ese hombre se hizo tan poderosa que se lo creyó omnipotente.
El buen dios Perón hizo mucho por
gente que estaba abandonada, se opuso a los poderosos con el poder sobre los pobres de la tierra rica.
Pero allá en España exiliado encerrado tras la Puerta de Hierro con un cadáver reverenciado, el brujo y la bataclana, perdió la brújula.
Se fue al mazo y no se dio cuenta de nada en la nebulosa
en la que veía al país detrás de la bruma del tiempo. Seguía
mirando la Argentina de los 40 en la entrada de los 70.
Si es peligroso saber todo, es más peligroso ignorar todo.
Se ilumina lentamente la escena:
Loisa estará sentada en una silla de madera sólida, junto a la mesa, algunos libros, una jarra de vidrio ordinario con agua, ropa en un rincón, un foco que tiene como tulipa un cartón y proyecta la luz directamente sobre ella. Tiene la expresión resignada de quien ya no espera nada, no está aterrorizada ni la angustia se ha cebado en ella: parece como si ya nada le interesara en el fondo.
Cuando entra el Sargento, ni siquiera lo mira.
Sargento: No avisaron nada.
Loisa: Nada… (hojea un libro, para evitar mirarlo)
Sargento: ¿Y ustedes, che? Ustedes que querían cambiar el mundo no le interesan a nadie, che. A nadie. Pregunto en el Comando y me dicen “sin novedades”, llamo al jefe de unidad y tampoco. No sé qué mierda hacer con vos y los otros pelotudos que me mandaron de regalo para la Navidad, din din don, ‘ahí tenés cuatro estudiantes de medicina que en vez de curar estaban aprendiendo magia negra’ dijo Morales cuando los dejaron. ¿Es verdad que estudiabas medicina, che? (Trae un diario doblado bajo el brazo)
Loisa: Sí, estudio medicina.
Sargento: ¡Estudiabas! (da un golpe a la mesa) ¿no entendés?
Loisa: Sí, me parece que entiendo…que necesitan gritar para hacerse creer.
Sargento: ¡Son boleta! Ustedes, de acá, no salen vivos, si te molestan los gritos te digo suavemente: (baja la voz pero la hace más grave al mismo tiempo) ésta es la última estación de tu viaje, por algo le dicen “el cementerio” a este centro de detención. Ayer bajamos cinco, mañana o pasado serán ustedes, solamente espero las órdenes y “tára-ta-ta”, adiós pampa mía, que pase el que sigue. ¿Qué me decís, taradita? ¡Hablá!
Loisa: ¿Para qué?
Sargento: ¿Te cagás de miedo, eh? ¿A quién creíste que le hacías la guerra?
Loisa: A usted no. (Se hace silencio y se escuchan tiros a lo lejos) Le digo en serio, no era para usted. Nunca pensamos hacerle una guerra a usted.
Sargento: (Desconfía que se lo haya dicho despectivamente) ¿Ah, no? Pero yo estoy metido hasta las narices, chinita, y tengo la sartén por el mango te guste o no.
Loisa: ¿Puedo leer ese diario?
Sargento: ¡Cómo no, sírvase chinita! (Se lo arroja casi en la cara) Ni te ilusiones, no dice nada. De ustedes no dice ni la hora. No hay detenidos, no hay desaparecidos, hojeá, vos que eras tan inteligente y estudiabas para curar, che, leé que ahí dice que “los argentinos somos derechos y humanos” y si vos andabas torcida por la vida será que no eras argentina, che.
Loisa: ¿Por eso estoy detenida aquí?
Sargento: ¡Algo habrán hecho, che! Yo no soy abogado, el general de división dice que soy el “fiel ejecutor”. Y los que ejecutamos, no preguntamos chinita.
Loisa: ¿Al menos me puede decir dónde está mi bebé?
Sargento: No sé.
(De nuevo la música del Largo, de La Primavera de Vivaldi medio minuto, que se interrumpe para escucharse un anuncio comercial de la época, luego un pequeño fragmento de un partido de fútbol, ruido de cosas metálicas que caen, lluvia, truenos, luego la presentación de un programa de TV de la época, todo esto entre insistentes llamados de un teléfono…)
Sargento: Acá todo está claro, ustedes buscaron camorra y después no se aguantaron las consecuencias. No se juega con el león, dicen los negritos de Angola, y nos repetía el coronel en el Ejército. Antes de tirarle de la cola al león, hay que tener el fusil cargado. Yo no tengo nada contra vos, chinita.
Loisa: Yo tampoco, pierda cuidado. (Sigue leyendo el diario como si no le importase) Acá dice que hay denuncias en Europa sobre la desaparición de personas en Argentina, es…un recuadro, chiquito, en la página 4. (Como justificándose)
Sargento: A ver, che. (Mira el sitio que le señala Loisa) No sé, no tiene importancia, ¿por qué jugaron con el león si no tenían fusiles, che? ¿No tenían miedo al zarpazo?
Loisa: A lo mejor, no.
Sargento: ¿Y a qué le tienen miedo entonces?
Loisa: A muchas cosas, a una noticia en el diario yo podría tenerle miedo, no sé.
Sargento: ¿A una noticia como ésta? ¿A un recuadrito? (Ríe nervioso)
Loisa: Aquí es un recuadrito porque tal vez en las redacciones, en los diarios, tengan miedo del león… usted dice que el león es peligroso, pero a lo mejor allá, en Europa, no le tengan tanto miedo y el recuadrito no sea tan…chiquito, ellos ya pasaron por estas cosas.
Sargento: ¿Y qué? ¿Acaso nos gobierna Europa?
Loisa: No, acá dice que están gobernando sus generales.
(Sonidos desde afuera: voces de dos señoras conversando “¿Cómo le va querida?, Muy bien ¿y usted? Ay, mi marido dice que viajamos a Disney este año cuando la nena cumpla los 15, ¿vio?” Sonidos de sirena, después todo se detiene bruscamente, se escuchan frenadas bruscas, órdenes confusas y luego un tiroteo y después el silencio)
Loisa: ¿Escuchó eso?
Sargento: No.
Loisa: Parecían tiros.
Sargento: ¿Tiros?, no. Cohetes, co-he-tes chinita, estamos en tiempos de Navidad, ¿vos no tirabas cohetes en Navidad?
Loisa: No.
Sargento: Bueno, hacé de cuenta que son cohetes.
Loisa: No son cohetes.
Sargento: Hacé de cuenta, te conviene que sean cohetes. Petardos. Din, din, don.
Loisa: No son cohetes.
Sargento: Mirá que sos desconfiada y díscola chinita, ¿todavía no aprendiste quién manda acá? Si te digo que son cohetes, son cohetes. ¡Tienen poca fe, che! Con razón estás acá, no fue un error de la inteligencia militar como decías.
Loisa: No son cohetes, al menos le pido que me deje la realidad, no me quite lo poco que me queda. Dígame que mi hijito está con mis padres, por favor.
Sargento: ¿Te quedan los tiros, che?
Loisa: Ésa es la realidad, ustedes tiene las armas y nosotros algunas ideas.
Sargento: Mala idea, si no se sabe defender a tiros.
Loisa: Las ideas no necesitan tiros.
Sargento: ¿Qué ideas? ¿Querían cambiar las reglas del juego del mundo? ¿Estaban chifladitos, che? Esas reglas están fijadas por Dios Nuestro Señor, mi vida. La propiedad privada es sagrada, la libertad de las empresas que hacen crecer al país es sagrada, las jerarquías del gobierno son sagradas. Dios todopoderoso ordenó este mundo y ustedes, que son insignificantes, ¿querían reformar la sociedad? ¿Pero déjense de joder, chinita! El gobierno no se toca.
Loisa: ¿Qué gobierno?
Sargento: La Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas de la Nación.
Loisa: ¿Qué gobierno? ¿Quién los votó?
Sargento: Mejor me voy a ver si llegó alguna orden, che.
Loisa: ¿La orden de matarme?
Sargento: No sé, la que sea, yo no doy las órdenes, yo obedezco.
(Se va, de nuevo queda sola Loisa, vuelve Vivaldi, y en la pantalla se proyecta la imagen de Ale con su confesión, que se diluye para dejar ver un desfile militar –mientras el relato~monólogo de Alex sigue escuchándose como trasfondo de las imágenes-, luego la Junta Militar en algún acto, luego una propaganda televisiva de la época, luego la imagen en cámara lenta de un niño caminando en una pradera)
Voz de Ale:
Cuando llegué estaba todo revuelto. Los libros tenían
las hojas arrancadas, una lámina de anatomía
del cuello estaba hecha pedazos en el piso, los
armarios con los cajones abiertos, las camas sin las sábanas, todo estaba deshecho y destrozado. Yo no sabía nada.
Yo nada sabía en Argentina. Nosotros nada sabíamos del poder y las ideas.
¿Vosotros sabíais?
Ellos sabían todo acerca del “arte de la guerra”.
Nada sabíamos de lo que pasaba en este país: Militares militantes, muchacho. Qué maldigo: milicos y no milicos entre la polvareda de la pólvora, siglo veinte cambalache el que no llora no mama y el que llora termina en la ESMA: Escuela Superior de Mecánica de la Armada,
¿qué tenían que hacer los
pendejos y las chicas amontonados como ratas en una
Escuela de Mecánica de la Armada?
Cantar.
Se olía la presencia de la muerte pero no se podía ver nada, estábamos ciegos; todos sentíamos los signos
de lo que pasaba afuera pero nadie quería ver, ¿quién pensaba en Corrientes?
Lo de afuera eran… habladurías,
lo de Tucumán eran pendejadas de los zurdos que vinieron
con el viejo demenciado y después terminaron a balazos en
Ezeiza.
Perón ya no era Perón cuando vino de España, era
Juan Domingo demencia senil: un pobre anciano manipulado por su debilidad, idolatrado por la izquierda y la derecha, arrinconado por la mafia de la masa, pobre espejo de nuestra sociedad dividida por odios.
(Se corta bruscamente la imagen y el relato, voces de chicos jugando, agua que corre, fragmento de una canción de la época, órdenes militares, sirenas, fragmento discurso de Perón y los imberbes, voz de Isabelita, bombos y cánticos de una manifestación)
Sargento: ¿Tenés familia, che?
Loisa: Sí.
Sargento: ¡Qué lástima! Mirá que todo está al vesre, che. Vos que tenés familia te vas al muere, yo que estoy solo sigo viviendo lo más campante, ¿viste que todo está al revés?
Loisa: ¿No dijo que Dios ordenó este mundo y todo estaba en su sitio?
Sargento: (Un poco desconcertado) ¡Hizo lo que pudo, che! Dios ya hizo su trabajo y después vienen los hijos de putas como ustedes y todo se va a la mierda (con violencia). Pero no quiero seguir discutiendo con muertos, che. (Cambiando) Chinita, yo no tengo nada contra vos.
Loisa: Yo tampoco.
Sargento: (Sacando un cigarrillo) ¿Querés uno?
Loisa: Gracias, no fumo.
Sargento: En la Escuela Superior de Guerra teníamos un profesor, Herrera Fuentes, ¡qué tipo!, ¡cómo sabía ese profe!, nos quedábamos con los ojos fijos cuando hablaba, él nos explicó todo el asunto…
Loisa: ¿Qué les explicó?
Sargento: Una vez nos habló de Vlad el Empalador. ¿Sabés quién fue Vlad?
Loisa: Drácula, el vampiro, supongo.
Sargento: ¡Esas son pavadas de los intelectuales! ¡Qué vampiro ni qué ocho cuartos! Vlad fue un príncipe satánico que mandaba empalar hasta 2000 enemigos después de cada batalla, era como crucificarlos pero por el culo, ¡grande Vlad! El comunismo es una secta satánica, chinita. El compadre Stalin mandó en 20 años más gente al infierno que 20 siglos de cristianismo con sus aciertos y sus errores; Stalin fue el Vlad de nuestro tiempo, las feroces purgas en Siberia fueron más sangrientas que los empalamientos de Vlad.
El profesor Herrera Fuentes nos decía: ¿Cómo que “guerra sucia”? ¿Acaso hay guerras limpias? No: hay guerra o no hay guerra, pero el Señor Dios de los Ejércitos ya ha dicho: “Cualquiera que se negare a salir a batallar en pos del rey Saúl y del profeta Samuel, será despedazado como los bueyes de las ofrendas”
¿Y vos, che? Mirá que la sacaste barata, chinita. Acá no se tortura, no te molestamos para nada, te acorto el tiempo contándote historias y vos ni siquiera un cuentito. ¿Sabés algún cuentito, che?
(Sonidos de afuera de nuevo, ráfaga de ametralladora, quejidos, alguien que grita a lo lejos, desesperada: “déjenme ir, déjenme ir por favor”, sirenas de patrulleros, otras ráfagas, un fragmento de música de la época, en inglés, de alguna banda conocida)
Sargento: ¿Qué me podés contar, che?
Loisa: No sé contar chistes, nunca serví para eso.
Sargento: No te pedí eso.
Loisa: ¿Qué cuentos, entonces?
Sargento: ¿Sabés qué, chinita? Cuando yo era chiquito mi madre tenía que salir a trabajar, papá se había rajado con otra mujer y ella quedó sola; trabajaba para mantenernos y nosotros quedábamos con mi abuela. Todos los hermanos.
Loisa: ¿Cuántos hermanos?
Sargento: Cuatro, y abuela nos contaba cuentos después de comer, nos sentábamos en el piso haciendo una rondita, mientras ella limpiaba los platos en la pileta y nos contaba historias de niños que se perdían en el bosque porque los pájaros habían comido las migas de pan que dejaban en el camino.
Loisa: Es un cuento muy viejo.
Sargento: Era lindo escuchar esas historias, y ya que los dos necesitamos matar el tiempo, pensé que sería bueno escuchar algún cuento.
Loisa: Bueno, voy a ver si recuerdo bien…había una vez una mujer muy distinguida llamada Madame que era amiga de una Comadreja Rosilla. Una noche iban conversando tomadas del brazo hacia las afueras de la ciudad buscando un camino.
Sargento: (Está sentado, se pone a limpiar el arma mientras escucha) ¿Amiga de una comadreja, che? Mirá vos…
Loisa: Iban caminando y se internaron en una especie de bosque como los hermanitos de esa historia que les contaba su abuela, y ahí, en medio de la selva encontraron un edificio enorme con domos que parecían de metal. Madame pensó que se trataba de una central nuclear o algo así, la Comadreja le señaló una compuerta que se abrió repentinamente para dejar salir un largo cañón de acero.
Sargento: Parece que hay una guerra…
Loisa: Eso pensaban pero en eso se abrió una puerta y una luz intensa que venía de adentro iluminó el sitio del bosque donde estaban, después salió un Lince que tenía un delantal azul y con mucha amabilidad las invitó a pasar. Como las dos estaban muy asombradas de todo, la Comadreja preguntó: ¿Estamos en guerra?, el anfitrión sonrió y le dijo: ¡Nada de eso, señoras! Las calamidades sociales, como las guerras, dijo, irán pasando y sólo quedarán las catástrofes naturales para comprender el verdadero poder de Dios. Yo no tendría miedo a ninguna guerra en el futuro, pasen a tomar un refresco o un té.
Sargento: ¿Me querés enseñar que las guerras son inútiles, che?
Loisa: No quiero enseñarle nada, usted me pidió un cuento, le estoy contando pero si no le gusta…
Sargento: No, sí, ¡me gusta!, medio raro tu cuento chinita pero todos ustedes, los que estudian, son raros.
Loisa: ¿Por qué no tener miedo a las guerras habiendo tantas en este momento?, preguntó la Comadreja Rosilla. El Lince las hizo pasar a una sala enorme y lujosa donde sonaba una música suave, cuando se sentaron, les aclaró “Bienvenidas, por aquí no pasan muchas damas”, verán, les dijo, mi trabajo se desarrolla en un ámbito muy masculino.
Sargento: ¿Qué hacía el punto ese, che?
Loisa: Justamente, es lo que le preguntó Madame. “Me dedico a la fabricación y venta de armas”, respondió el Lince. “Una fábrica de guerras, entonces”, dijo la Comadreja, que era muy poco diplomática. “Todo lo contrario, soy pacifista” afirmó el Lince poniéndose de pie para servirles un refresco. La Comadreja, que no se daba fácilmente por vencida volvió a preguntar: ¿Construyendo armas piensa conseguir la paz? El Lince, que volvía con una bandeja, rápidamente explicó que las armas son el modo más directo de llegar a la paz.
Sargento: El profesor Herrera Fuentes ya nos explicó que la guerra estalla cuando una nación cree tener más poderío militar que otra y cuando todas tengan el mismo arsenal, ninguna empezaría el quilombo, tá ta rata ta (Siempre limpiando su arma).
Loisa: Cuando todas tengan armas peligrosas, dijo el Lince, ninguna querrá empezar el gran desastre y después, sirviéndoles una copita de oporto, dijo muy calmadamente: “La carrera armamentista es el único refugio que le queda a la paz”. Entonces Madame vio de nuevo el tubo de acero que apuntaba al cielo y le preguntó si era un misil. No, dijo el Lince: es un telescopio, me paso el tiempo mirando las estrellas….
(Bruscamente se escucha el ruido de algo que se rompe, como vidrio que se golpeó, luego siguen algunas conversaciones, campanas, voces de mando cuando Loisa está por reiniciar el relato, suena el teléfono y el Sargento atiende)
Sargento: Hable, sí, general, todo bien, sí, los invitados están esperando. Bueno… Muy bien, a las 20 estaré allí. (Cuelga) Lo siento, Madame, continuamos otro día, tengo un operativo.
(Sale y Loisa se queda sola, la luz se va extinguiendo y vuelve Vivaldi un minuto, después se escuchan corridas, gritos, llanto de un bebe, aves agoreras que graznan en la noche, moto que se aleja)
(CONTINÚA EN SEGUNDO ACTO)


