CULPA DE LOS MUERTOS

Otro blog blog.terra.com.ar más

19

de
Enero

CULPA DE LOS MUERTOS, 1ER ACTO

 

 

 

 

LA CULPA DE LOS MUERTOS

obra de teatro de Alejandro Maciel, basada en la novela del mismo título, Editorial Rubeo, Barcelona, 2008.

Obra de teatro que comparte el tema con la novela sin ser una adaptación de aquella.

PRIMER  ACTO 

 

La acción transcurre en algún momento entre 1977 y 1979 en algo que parece un sitio muy seguro, un sótano o algo similar a una cuadra militar. Debe haber una pared blanca donde se proyectarán imágenes confusas que el público podrá ver aunque los actores estén de espaldas o de costado: no interesa, ellos, no los actores sino los personajes que interpretan los actores ya han visto en la vida esa realidad sería ocioso mostrársela de nuevo esta vez como mera representación.

La música que inicia la acción es el 2do movimiento (Largo) de La Primavera de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi, que se escuchará durante 1 minuto luego se irá extinguiendo lentamente para dejar un breve silencio tras el cual se escucharán varios sonidos: una breve conversación entre dos mujeres y un niño, sirenas de bomberos, voces militares dando órdenes, la marcha a “Mi bandera” (muy breve, con fondo de voces que alarman, motores, tiros lejanos, voces desconocidas como pájaros efímeros en un cielo de la siesta) hasta que se impone una voz muy fuerte que dice “Basta” y todo se apaga.

En la pantalla aparecerá la imagen de Alex contando:

Los mitos se alimentan de distancia y ausencias como el

amor; la imagen de ese hombre se hizo tan poderosa que se lo creyó omnipotente.

El buen dios Perón hizo mucho por

gente que estaba abandonada, se opuso a los poderosos con el poder sobre los pobres de la tierra rica.

Pero allá en España exiliado encerrado tras la Puerta de Hierro con un cadáver reverenciado, el brujo y la bataclana, perdió la brújula.

Se fue al mazo y no se dio cuenta de nada en la nebulosa

en la que veía al país detrás de la bruma del tiempo. Seguía

mirando la Argentina de los 40 en la entrada de los 70.

Si es peligroso saber todo, es más peligroso ignorar todo.

 

Se ilumina lentamente la escena:

 

Loisa estará sentada en una silla de madera sólida, junto a la mesa, algunos libros, una jarra de vidrio ordinario con agua, ropa en un rincón, un foco que tiene como tulipa un cartón y proyecta la luz directamente sobre ella. Tiene la expresión resignada de quien ya no espera nada, no está aterrorizada ni la angustia se ha cebado en ella: parece como si ya nada le interesara en el fondo.

Cuando entra el Sargento, ni siquiera lo mira.

Sargento: No avisaron nada.

Loisa: Nada… (hojea un libro, para evitar mirarlo)

Sargento: ¿Y ustedes, che? Ustedes que querían cambiar el mundo no le interesan a nadie, che. A nadie. Pregunto en el Comando y me dicen “sin novedades”, llamo al jefe de unidad y tampoco. No sé qué mierda hacer con vos y los otros pelotudos que me mandaron de regalo para la Navidad, din din don, ‘ahí tenés cuatro estudiantes de medicina que en vez de curar estaban aprendiendo magia negra’ dijo Morales cuando los dejaron. ¿Es verdad que estudiabas medicina, che? (Trae un diario doblado bajo el brazo)

Loisa: Sí, estudio medicina.

Sargento: ¡Estudiabas! (da un golpe a la mesa) ¿no entendés?

Loisa: Sí, me parece que entiendo…que necesitan gritar para hacerse creer.

Sargento: ¡Son boleta! Ustedes, de acá, no salen vivos, si te molestan los gritos te digo suavemente: (baja la voz pero la hace más grave al mismo tiempo) ésta es la última estación de tu viaje, por algo le dicen “el cementerio” a este centro de detención. Ayer bajamos cinco, mañana o pasado serán ustedes, solamente espero las órdenes y “tára-ta-ta”, adiós pampa mía, que pase el que sigue. ¿Qué me decís, taradita? ¡Hablá!

Loisa: ¿Para qué?

Sargento: ¿Te cagás de miedo, eh? ¿A quién creíste que le hacías la guerra?

Loisa: A usted no. (Se hace silencio y se escuchan tiros a lo lejos) Le digo en serio, no era para usted. Nunca pensamos hacerle una guerra a usted.

Sargento: (Desconfía que se lo haya dicho despectivamente) ¿Ah, no? Pero yo estoy metido hasta las narices, chinita, y tengo la sartén por el mango te guste o no.

Loisa: ¿Puedo leer ese diario?

Sargento: ¡Cómo no, sírvase chinita! (Se lo arroja casi en la cara) Ni te ilusiones, no dice nada. De ustedes no dice ni la hora. No hay detenidos, no hay desaparecidos, hojeá, vos que eras tan inteligente y estudiabas para curar, che, leé que ahí dice que “los argentinos somos derechos y humanos” y si vos andabas torcida por la vida será que no eras argentina, che.

Loisa: ¿Por eso estoy detenida aquí?

Sargento: ¡Algo habrán hecho, che! Yo no soy abogado, el general de división dice que soy el “fiel ejecutor”. Y los que ejecutamos, no preguntamos chinita.

Loisa: ¿Al menos me puede decir dónde está mi bebé?

Sargento: No sé.

 

(De nuevo la música del Largo, de La Primavera de Vivaldi medio minuto, que se interrumpe para escucharse un anuncio comercial de la época, luego un pequeño fragmento de un partido de fútbol, ruido de cosas metálicas que caen, lluvia, truenos, luego la presentación de un programa de TV de la época, todo esto entre insistentes llamados de un teléfono…)

 

Sargento: Acá todo está claro, ustedes buscaron camorra y después no se aguantaron las consecuencias. No se juega con el león, dicen los negritos de Angola, y nos repetía el coronel en el Ejército. Antes de tirarle de la cola al león, hay que tener el fusil cargado. Yo no tengo nada contra vos, chinita.

Loisa: Yo tampoco, pierda cuidado. (Sigue leyendo el diario como si no le importase) Acá dice que hay denuncias en Europa sobre la desaparición de personas en Argentina, es…un recuadro, chiquito, en la página 4. (Como justificándose)

Sargento: A ver, che. (Mira el sitio que le señala Loisa) No sé, no tiene importancia, ¿por qué jugaron con el león si no tenían fusiles, che? ¿No tenían miedo al zarpazo?

Loisa: A lo mejor, no.

Sargento: ¿Y a qué le tienen miedo entonces?

Loisa: A muchas cosas, a una noticia en el diario yo podría tenerle miedo, no sé.

Sargento: ¿A una noticia como ésta? ¿A un recuadrito? (Ríe nervioso)

Loisa: Aquí es un recuadrito porque tal vez en las redacciones, en los diarios, tengan miedo del león… usted dice que el león es peligroso, pero a lo mejor allá, en Europa, no le tengan tanto miedo y el recuadrito no sea tan…chiquito, ellos ya pasaron por estas cosas.

Sargento: ¿Y qué? ¿Acaso nos gobierna Europa?

Loisa: No, acá dice que están gobernando sus generales.

(Sonidos desde afuera: voces de dos señoras conversando “¿Cómo le va querida?, Muy bien ¿y usted? Ay, mi marido dice que viajamos a Disney este año cuando la nena cumpla los 15, ¿vio?” Sonidos de sirena, después todo se detiene bruscamente, se escuchan frenadas bruscas, órdenes confusas y luego un tiroteo y después el silencio)

Loisa: ¿Escuchó eso?

Sargento: No.

Loisa: Parecían tiros.

Sargento: ¿Tiros?, no. Cohetes, co-he-tes chinita, estamos en tiempos de Navidad, ¿vos no tirabas cohetes en Navidad?

Loisa: No.

Sargento: Bueno, hacé de cuenta que son cohetes.

Loisa: No son cohetes.

Sargento: Hacé de cuenta, te conviene que sean cohetes. Petardos. Din, din, don.

Loisa: No son cohetes.

Sargento: Mirá que sos desconfiada y díscola chinita, ¿todavía no aprendiste quién manda acá? Si te digo que son cohetes, son cohetes. ¡Tienen poca fe, che! Con razón estás acá, no fue un error de la inteligencia militar como decías.

Loisa: No son cohetes, al menos le pido que me deje la realidad, no me quite lo poco que me queda. Dígame que mi hijito está con mis padres, por favor.

Sargento: ¿Te quedan los tiros, che?

Loisa: Ésa es la realidad, ustedes tiene las armas y nosotros algunas ideas.

Sargento: Mala idea, si no se sabe defender a tiros.

Loisa: Las ideas no necesitan tiros.

Sargento: ¿Qué ideas? ¿Querían cambiar las reglas del juego del mundo? ¿Estaban chifladitos, che? Esas reglas están fijadas por Dios Nuestro Señor, mi vida. La propiedad privada es sagrada, la libertad de las empresas que hacen crecer al país es sagrada, las jerarquías del gobierno son sagradas. Dios todopoderoso ordenó este mundo y ustedes, que son insignificantes, ¿querían reformar la sociedad? ¿Pero déjense de joder, chinita! El gobierno no se toca.

Loisa: ¿Qué gobierno?

Sargento: La Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas de la Nación.

Loisa: ¿Qué gobierno? ¿Quién los votó?

Sargento: Mejor me voy a ver si llegó alguna orden, che.

Loisa: ¿La orden de matarme?

Sargento: No sé, la que sea, yo no doy las órdenes, yo obedezco.

(Se va, de nuevo queda sola Loisa, vuelve Vivaldi, y en la pantalla se proyecta la imagen de Ale con su confesión, que se diluye para dejar ver un desfile militar –mientras el relato~monólogo de Alex sigue escuchándose como trasfondo de las imágenes-, luego la Junta Militar en algún acto, luego una propaganda televisiva de la época, luego la imagen en cámara lenta de un niño caminando en una pradera)

Voz de Ale:

Cuando llegué estaba todo revuelto. Los libros tenían

las hojas arrancadas, una lámina de anatomía

del cuello estaba hecha pedazos en el piso, los

armarios con los cajones abiertos, las camas sin las sábanas, todo estaba deshecho y destrozado. Yo no sabía nada.

 

Yo nada sabía en Argentina. Nosotros nada sabíamos del poder y las ideas.

¿Vosotros sabíais?

Ellos sabían todo acerca del “arte de la guerra”.

Nada sabíamos de lo que pasaba en este país: Militares militantes, muchacho. Qué maldigo: milicos y no milicos entre la polvareda de la pólvora, siglo veinte cambalache el que no llora no mama y el que llora termina en la ESMA: Escuela Superior de Mecánica de la Armada,

¿qué tenían que hacer los

pendejos y las chicas amontonados como ratas en una

Escuela de Mecánica de la Armada?

Cantar.

Se olía la presencia de la muerte pero no se podía ver nada, estábamos ciegos; todos sentíamos los signos

de lo que pasaba afuera pero nadie quería ver, ¿quién pensaba en Corrientes?

Lo de afuera eran… habladurías,

lo de Tucumán eran pendejadas de los zurdos que vinieron

con el viejo demenciado y después terminaron a balazos en

Ezeiza.

Perón ya no era Perón cuando vino de España, era

Juan Domingo demencia senil: un pobre anciano manipulado por su debilidad, idolatrado por la izquierda y la derecha, arrinconado por la mafia de la masa, pobre espejo de nuestra sociedad dividida por odios.

 

(Se corta bruscamente la imagen y el relato, voces de chicos jugando, agua que corre, fragmento de una canción de la época, órdenes militares, sirenas, fragmento discurso de Perón y los imberbes, voz de Isabelita, bombos y cánticos de una manifestación)

Sargento: ¿Tenés familia, che?

Loisa: Sí.

Sargento: ¡Qué lástima! Mirá que todo está al vesre, che. Vos que tenés familia te vas al muere, yo que estoy solo sigo viviendo lo más campante, ¿viste que todo está al revés?

Loisa: ¿No dijo que Dios ordenó este mundo y todo estaba en su sitio?

Sargento: (Un poco desconcertado) ¡Hizo lo que pudo, che! Dios ya hizo su trabajo y después vienen los hijos de putas como ustedes y todo se va a la mierda (con violencia). Pero no quiero seguir discutiendo con muertos, che. (Cambiando) Chinita, yo no tengo nada contra vos.

Loisa: Yo tampoco.

Sargento: (Sacando un cigarrillo) ¿Querés uno?

Loisa: Gracias, no fumo.

Sargento: En la Escuela Superior de Guerra teníamos un profesor, Herrera Fuentes, ¡qué tipo!, ¡cómo sabía ese profe!, nos quedábamos con los ojos fijos cuando hablaba, él nos explicó todo el asunto…

Loisa: ¿Qué les explicó?

Sargento: Una vez nos habló de Vlad el Empalador. ¿Sabés quién fue Vlad?

Loisa: Drácula, el vampiro, supongo.

Sargento: ¡Esas son pavadas de los intelectuales! ¡Qué vampiro ni qué ocho cuartos! Vlad fue un príncipe satánico que mandaba empalar hasta 2000 enemigos después de cada batalla, era como crucificarlos pero por el culo, ¡grande Vlad! El comunismo es una secta satánica, chinita. El compadre Stalin mandó en 20 años más gente al infierno que 20 siglos de cristianismo con sus aciertos y sus errores; Stalin fue el Vlad de nuestro tiempo, las feroces purgas en Siberia fueron más sangrientas que los empalamientos de Vlad.

El profesor Herrera Fuentes nos decía: ¿Cómo que “guerra sucia”? ¿Acaso hay guerras limpias? No: hay guerra o no hay guerra, pero el Señor Dios de los Ejércitos ya ha dicho: “Cualquiera que se negare a salir a batallar en pos del rey Saúl y del profeta Samuel, será despedazado como los bueyes de las ofrendas”

¿Y vos, che? Mirá que la sacaste barata, chinita. Acá no se tortura, no te molestamos para nada, te acorto el tiempo contándote historias y vos ni siquiera un cuentito. ¿Sabés algún cuentito, che?

(Sonidos de afuera de nuevo, ráfaga de ametralladora, quejidos, alguien que grita a lo lejos, desesperada: “déjenme ir, déjenme ir por favor”, sirenas de patrulleros, otras ráfagas, un fragmento de música de la época, en inglés, de alguna banda conocida)

Sargento: ¿Qué me podés contar, che?

Loisa: No sé contar chistes, nunca serví para eso.

Sargento: No te pedí eso.

Loisa: ¿Qué cuentos, entonces?

Sargento: ¿Sabés qué, chinita? Cuando yo era chiquito mi madre tenía que salir a trabajar, papá se había rajado con otra mujer y ella quedó sola; trabajaba para mantenernos y nosotros quedábamos con mi abuela. Todos los hermanos.

Loisa: ¿Cuántos hermanos?

 

Sargento: Cuatro, y abuela nos contaba cuentos después de comer, nos sentábamos en el piso haciendo una rondita, mientras ella limpiaba los platos en la pileta y nos contaba historias de niños que se perdían en el bosque porque los pájaros habían comido las migas de pan que dejaban en el camino.

Loisa: Es un cuento muy viejo.

Sargento: Era lindo escuchar esas historias, y ya que los dos necesitamos matar el tiempo, pensé que sería bueno escuchar algún cuento.

 

Loisa: Bueno, voy a ver si recuerdo bien…había una vez una mujer muy distinguida llamada Madame que era amiga de una Comadreja Rosilla. Una noche iban conversando tomadas del brazo hacia las afueras de la ciudad buscando un camino.

Sargento: (Está sentado, se pone a limpiar el arma mientras escucha) ¿Amiga de una comadreja, che? Mirá vos…

Loisa: Iban caminando y se internaron en una especie de bosque como los hermanitos de esa historia que les contaba su abuela, y ahí, en medio de la selva encontraron un edificio enorme con domos que parecían de metal. Madame pensó que se trataba de una central nuclear o algo así, la Comadreja le señaló una compuerta que se abrió repentinamente para dejar salir un largo cañón de acero.

Sargento: Parece que hay una guerra…

Loisa: Eso pensaban pero en eso se abrió una puerta y una luz intensa que venía de adentro iluminó el sitio del bosque donde estaban, después salió un Lince que tenía un delantal azul y con mucha amabilidad las invitó a pasar. Como las dos estaban muy asombradas de todo, la Comadreja preguntó: ¿Estamos en guerra?, el anfitrión sonrió y le dijo: ¡Nada de eso, señoras! Las calamidades sociales, como las guerras, dijo, irán pasando y sólo quedarán las catástrofes naturales para comprender el verdadero poder de Dios. Yo no tendría miedo a ninguna guerra en el futuro, pasen a tomar un refresco o un té.

Sargento: ¿Me querés enseñar que las guerras son inútiles, che?

Loisa: No quiero enseñarle nada, usted me pidió un cuento, le estoy contando pero si no le gusta…

 

Sargento: No, sí, ¡me gusta!, medio raro tu cuento chinita pero todos ustedes, los que estudian, son raros.

Loisa: ¿Por qué no tener miedo a las guerras habiendo tantas en este momento?, preguntó la Comadreja Rosilla. El Lince las hizo pasar a una sala enorme y lujosa donde sonaba una música suave, cuando se sentaron, les aclaró “Bienvenidas, por aquí no pasan muchas damas”, verán, les dijo, mi trabajo se desarrolla en un ámbito muy masculino.

Sargento: ¿Qué hacía el punto ese, che?

Loisa: Justamente, es lo que le preguntó Madame. “Me dedico a la fabricación y venta de armas”, respondió el Lince. “Una fábrica de guerras, entonces”, dijo la Comadreja, que era muy poco diplomática. “Todo lo contrario, soy pacifista” afirmó el Lince poniéndose de pie para servirles un refresco. La Comadreja, que no se daba fácilmente por vencida volvió a preguntar: ¿Construyendo armas piensa conseguir la paz? El Lince, que volvía con una bandeja, rápidamente explicó que las armas son el modo más directo de llegar a la paz.

Sargento: El profesor Herrera Fuentes ya nos explicó que la guerra estalla cuando una nación cree tener más poderío militar que otra y cuando todas tengan el mismo arsenal, ninguna empezaría el quilombo, tá ta rata ta (Siempre limpiando su arma).

Loisa: Cuando todas tengan armas peligrosas, dijo el Lince, ninguna querrá empezar el gran desastre y después, sirviéndoles una copita de oporto, dijo muy calmadamente: “La carrera armamentista es el único refugio que le queda a la paz”. Entonces Madame vio de nuevo el tubo de acero que apuntaba al cielo y le preguntó si era un misil. No, dijo el Lince: es un telescopio, me paso el tiempo mirando las estrellas….

(Bruscamente se escucha el ruido de algo que se rompe, como vidrio que se golpeó, luego siguen algunas conversaciones, campanas, voces de mando cuando Loisa está por reiniciar el relato, suena el teléfono y el Sargento atiende)

Sargento: Hable, sí, general, todo bien, sí, los invitados están esperando. Bueno… Muy bien, a las 20 estaré allí. (Cuelga) Lo siento, Madame, continuamos otro día, tengo un operativo.

(Sale y Loisa se queda sola, la luz se va extinguiendo y vuelve Vivaldi un minuto, después se escuchan corridas, gritos, llanto de un bebe, aves agoreras que graznan en la noche, moto que se aleja)

(CONTINÚA EN SEGUNDO ACTO)

19

de
Enero

CULPA DE LOS MUERTOS, 2DO ACTO

 

CULPA DE LOS MUERTOS

de: alejandro maciel

SEGUNDO ACTO

 

 

(Suena el 3er movimiento (impetuoso) de “El verano” de Vivaldi durante 1 minuto. La acción se inicia en la pantalla pero esta vez aparece Ingrid que dice: )

El rector de la Catedral se suicidó en noviembre de un tiro en la boca, en la sacristía. Lo llevaron de urgencia al Hospital Escuela pero no hubo caso, ya estaba muerto cuando llegó a emergencias. El director del hospital corría de un lado a otro recibiendo llamadas y tratando de esquivar a los periodistas que acudieron como moscas, pero no pudo evitar dar un comunicado y ¿sabés con qué salió? Dijo que monseñor se accidentó limpiando un revólver, parece un disparate pero por esos tiempos el arzobispo decía que “a veces, para defender a Dios se necesitan armas”.

Nadie explicó quién atacaba a Dios en la sacristía de la Catedral.

(Hace mohines a la cámara como si estuviese jugando y la imagen se va esfumando lentamente para iluminar la misma sala, Loisa está recostada apoyando la cabeza sobre los brazos, y éstos sobre la mesa.

Entra el Sargento y la mira dormida, hay algo de ternura en esa contemplación de la mujer inerte. Trae una bolsa con alimentos, sándwiches y una bebida, desde afuera se escucha una ráfaga de metrallas, Loisa despierta)

Sargento: Hay cama para descansar, che.

Loisa: Me quedé dormida.

Sargento: Traje algo para comer, después no digan que el Ejército Argentino los mató de hambre.

Loisa: Hambre, balas, da igual.

Sargento: Bueno, debés estar hambrienta, acá hay empanadas, sándwichs de milanesa, frutas, pan. (Abre el paquete y va poniendo las cosas sobre la mesa) no te podés quejar.

Loisa: ¿Y mi bebé? ¿Sabe algo de mi hijo?

Sargento: No. No sé.

Loisa: Entiendo…

Sargento: Yo también estoy cansado de esperar, me gustaría liquidar de una vez todo este asunto.

Loisa: Le gustaría liquidarme… (Abriendo el paquete con los alimentos)

Sargento: No siempre, a veces ordenan trasladar a los detenidos.

Loisa: ¿Adónde los llevan?

Sargento: No sé.

Loisa: ¿No sabe?

Sargento: Parece que a ustedes nos les enseñaron cómo funciona un verdadero ejército, che. Acá no se pregunta nada, se reciben órdenes, se cumplen órdenes y si te he visto, no me acuerdo. Así funcionan las misiones, allá, afuera, ustedes se pasan discutiendo y no cumplen sus deberes. Total, no hacen mierda, no hacen nada. Comé, chinita, comé algo.

Loisa: No matamos.

Sargento: ¿No? ¿Y quién hizo volar la cama del general Contreras, la esposa y el perro? ¡Pum!, todos por el aire como pólvora, che.

 

Loisa: No sé quién hizo eso, nosotros no fuimos. No matamos gente.

Sargento: Quién sabe, querían aniquilar la familia, la propiedad privada, la religión; matar ideas puede ser peor que matar gente, che.

Loisa: ¿Entonces ustedes matan gente para matar ideas?

Sargento: Mirá chinita, hay maestros orientales que enseñan dónde clavar metales preciosos y dónde clavar metales vulgares en el cuerpo para conseguir que la energía planetaria se concentre en un punto que se llama perfección. En ese puntito invisible nace la luz interior que nos conecta con otros mundos, con seres más evolucionados que nosotros y si ellos nos guían no hay tropiezo que valga; eso sí, exigen disciplina, pequeños sacrificios que son males menores para alcanzar el bien mayor.

Loisa: ¿Eso les enseñaba el profesor Herrera Fuentes?

(Se escucha un choque violento, frenadas, tiros, música de calesita, risas de niños, discusión entre dos hombres, campanas, alguien que llora, jingle publicitario de la época, partido de fútbol en la radio, un fragmento de una zamba, insistente teléfono que llama)

Sargento: (Respondiendo el teléfono) Hola, todo en orden, señor… No, aquí no llegó… Hoy tampoco… A sus órdenes… Hasta mañana.

(Cuelga el teléfono)

Loisa: Me hablaba de la perfección…

Sargento: Pero la perfección solicita dolor, chinita. Sobreponerse al asco, a la náusea que produce triturar una vida para salvar miles, ¿acaso Jesucristo no enseñó con su ejemplo que toda purificación humana se hace a cambio de la muerte?

Loisa: ¿Tiene familia? ¿Tiene hijos?

Sargento: Aquí el único que pregunta soy yo. (Lo dice suavemente pero con firmeza) Eso es disciplina, ¿viste? Aceptar pacientemente lo que impone un superior sabiendo que será para nuestro bien. Una vez que se empieza con las preguntas nunca se terminan las respuestas, ¿y para qué? ¿Qué podrían hacer ustedes para cambiar las cosas desde aquí adentro?

Loisa: Yo tengo familia. Tengo un hombre que me quiere y yo también lo quiero, tenemos un hijito, un bebé, (lo advierte) ¡Ya sé, nada de preguntas! No pregunto, ya entendí. Y tengo un papá, una mamá, hermanos, todo eso. Y los quiero mucho y los respeto, ¿Le parece que yo quería destruir la familia? Yo crecí en el campo, ¿sabe?, allá cerca de Clorinda, en la provincia de Formosa.

Sargento: Yo también tengo padres, ¿o creés que nací de un repollo? Y hermanos, ¡tengo una hermana muy parecida a vos!, se llama… (Se refrena, cede el entusiasmo que ponía para contar su propia historia) bueno, no importa cómo se llama.

Loisa: No sé por qué le cuento esto, será porque es la última persona que voy a ver si es cierto que me van a fusilar o algo así.

Sargento: Yo no dije eso.

Loisa: No, usted no sabe, ya me dijo que no sabe nada; papá trabajaba en el campo de sol a sol hasta que vinieron unos vecinos a ofrecerle hacer una cooperativa.

Sargento: ¿Y por eso te hiciste comunista?

Loisa: No soy comunista, no soy stalinista, no soy trostkista, no somos…bueno, no sé cómo explicarle, usted tiene más miedo a las ideas que al enemigo, cree que el comunismo es una secta satánica, tiene muchas creencias mal mezcladas.

Sargento: Puede ser. ¿Y qué pasó con tu papá, chinita?

Loisa: Era un gringo incansable, vinieron a verlo unos vecinos para integrar una cooperativa; papá puso todo su entusiasmo, era un hombre de buen corazón que tenía un gran defecto.

Sargento: ¿Qué defecto, che? (Siempre ocupándose de otra cosa como si la conversación no le importara).

Loisa: Tener demasiada fe también es un defecto. Todo lo que ganaba en las cosechas lo ponía en la cooperativa, él decía que siendo miembro de la comisión directiva debía dar el ejemplo de confianza a los demás socios, pero el Vasco y el Sr. Rafaellini tenían otros planes. Después de unos años desfalcaron todos los fondos, peso a peso.

Sargento: Qué vas a hacer, che, en todas partes hay delincuentes, en este país hay que entrar con una topadora y aplastar a todos los avivados hijos de puta que crecen como los cardos. Hace falta una limpieza a fondo.

Loisa: ¿…Como la que están haciendo sus generales?

Sargento: ¡No! Si querés te dejamos al Vasco y al tal Rafaellini, che. Así te los llevás a tu casa, ¿Qué eran esos dos?

Loisa: El presidente y el tesorero de la cooperativa; con maniobras financieras vaciaron la cuenta, sólo quedaron deudas y la cooperativa se liquidó, papá se negaba a creer que los habían estafado, si mamá no hubiese salvado las maquinarias de la hipoteca, hubiese sido el desastre pero mamá nunca confió demasiado. Papá se vino abajo, el gringo enorme como una montaña se desplomó por dentro, estaba horas y horas sentado frente a una ventana de la sala mirando la lejanía. Hablando solo. Sin poder dormir. Sin saber llorar.

Sargento: Ya te dije, chinita, hay que barrer la basura.

Loisa: ¿Cómo? ¿Cómo saber quién es o no es criminal sin saber qué es el crimen?

Sargento: ¡Pucha, che con tanta retórica! Ese Vasco es un delincuente, pero para ustedes “habría que ver”. Palabrerío, todos sabemos bien qué es un bandido, ¡déjense de joder! Lo que pasa es que no tienen cojones para tomar decisiones y entonces se pasan inventando palabras para esconder la cobardía, che.

Loisa: Primero la ley, señor, después el orden.

Sargento: ¡Qué ley ni qué ocho cuartos!, manga de boludos. Todos tus compinches son unos pelotudos, ése tal César, el Alejandro, la otra, la tarada esa, la Ingrid y qué decir del boludo mayor, tu maridito Juan Carlos, ¡premio al pelotudo honoris causa! (Arroja la silla al piso)

Loisa: ¿Qué le hicieron a mis amigos? ¿Qué le hizo a Juan Carlos?

Sargento: Nada, para hacerse daño se las arregla bien solito, el pelotudo.

Loisa: No es ningún pelotudo, señor. Es el mejor promedio de la carrera de Derecho.

Sargento: Y si es tan inteligente, ¿cómo le confesó al cura Santana quiénes eran ustedes y lo que hacían? ¿Quién creés, chinita, que los delató? ¡El cura de la Catedral! Tu maridito iba cada domingo a limpiar su conciencia, el cura sacudió la alfombra y sopló la mugre en el comando, y ahora tu querido maridito pide confesarse, ¿qué se cree, que esto es una parroquia? No te cuidó, che, confesó todo!, ¿cómo es que hacen los curas? “Ego et absolvo”, Ego et absolvo, je, je… ¿viste qué fácil? ¡Palabras! Ego et absolvo ¡Palabritas! ¿Acaso desaparece el mal? Ego et absolvo. (Cambiando el juego) Tenés lindos ojos. (La mira fijo)

Loisa: No señor, no desaparece nada. (Evita mirarlo) No siga haciendo eso, me recuerda al ángel fatal.

Sargento: ¿Qué es eso, che?

Loisa: Un tipo que apareció con Ingrid, militar, rubio y hermoso como un ángel pero los ojos destellaban raro, todos le desconfiábamos y César le decía El ángel fatal.

(En la pantalla, imágenes de un niño caminando por un campo florido, luego una propaganda de TV de la época, un pantallazo de noticias –todo breve y en sucesión casi vertiginosa- alguien que canta, un presentador de TV, imágenes de los comandantes de la Junta Militar sin sonido, luego un partido de fútbol, el gol del Mundial ’78, un tigre que ataca a una gacela, nuevamente noticias entrecortadas, moda, Martínez de Hoz, publicidad, explosión)

Sargento: ¿Y el cuentito, che?

Loisa: ¿Qué dice?

Sargento: ¿Y el cuentito de hoy? ¿Te acordás?, mi abuela en la ronda, contándonos esas historias…

Loisa: Ah, eso… bueno, a ver si recuerdo dónde quedamos.

Sargento: No, buscá otra, esa de la Madame y el astrónomo es medio estrafalaria, no entendí del todo. ¡Son jodidos ustedes los letrados! ¡A la pipeta con todo ese despelote de bichos en guerra!

Loisa: No recuerdo otra historia.

Sargento: Bueno, está bien, sigamos con doña Madame entonces che.

Loisa: Madame iba caminando esa noche con la Comadreja Rosilla, del brazo por el bosque extraño cuando escucharon un altoparlante con una arenga política en la cual un dirigente proponía solucionar los problemas de la población.

Sargento: Las actividades políticas están suprimidas, chinita. Orden superior.

Loisa: Pero esto sucede en un cuento, no tiene mucha importancia. ¿Quién podría tener miedo de palabras en medio de un cuento? Todo es fantasía.

Sargento: ¿Y entonces, che?

Loisa: Había un escritorio que pertenecía al Zorrino quien estaba escribiendo en una máquina de escribir, con una gorra verde, anteojos redondos y la mesa muy desordenada.

Sargento: Un zorrino, máquina de escribir, y los parlantes, ¿en medio del monte, chinita?

Loisa: Era una de esa máquinas eléctricas modernas que hacía “tic,tac” cada vez que daba en una tecla, aunque la noche estaba tibia el Zorrino tiritaba de frío y cuando llegaron Madame y la Comadreja Rosilla saludó como si fuesen grandes amigos, ¿qué está escuchando?, le preguntó Madame a quien le fastidiaba el ruido del parlante.

Sargento: ¿Y a la Comadreja, no?

Loisa: No, porque era completamente sorda.

Sargento: ¿Y qué le contestó el Zorrino, che?

Loisa: Que el oído es un órgano complejo que tiene unos huesecillos con nombres de ferretería. “Tenemos apuro”, dijo la Comadreja y le preguntó al Zorrino qué camino podrían tomar para llegar antes. “No se puede llegar antes ni después”, le respondió el Zorrino, “se llega cuando se llega” y después preguntó ¿qué hora es?

“Son las veinte y treinta”, dijo Madame. Entonces el Zorrino les explicó que debía ir a trabajar, se puso un delantal porque era psiquiatra y la gente andaba con mucha ansiedad por la calle y eso era peligroso. Como la Comadreja leía cuanto libro tenía cerca, era extremadamente curiosa; al saber que tenía un psiquiatra enfrente empezó a preguntarle cosas, una detrás de otras. Qué era la angustia, cómo empezaba, por qué se prolongaba tanto, qué medicamentos convenía tomar para la depresión. “La clave de todo está en el insomnio: nadie puede vivir sin sueños”, dijo el Zorrino, terminó de abrocharse el delantal blanco y salió avisando que volvería en media hora dejándoles de regalo una botella de champán y dos copas.

Sargento: ¿Y qué hicieron ahí, en medio del bosque, che?

Loisa: Primero, descorcharon la botella. Madame se sorprendió cuando su amiga destapó la botella con una facilidad pasmosa, sirvió el espumante y cuando le preguntó ¿qué hacemos? La Comadreja dijo “No lo podemos esperar, hay que seguir camino” Entonces Madame le comentó que hubiese sido bueno preguntarle al psiquiatra qué significaba un sueño que había tenido dos noches antes. “No significa nada”, dijo secamente la Comadreja, “No sé por qué todo el mundo busca encontrar significados ocultos en las cosas que nos suceden”, volvieron a chocar las copas, se sirvieron más champán y en tren de confidencias, la Comadreja preguntó qué había soñado la otra. Soñé, empezó a decir Madame mientras le daba un buen trago, que subía la cima de una montaña y al llegar a la cumbre descubrió que se trataba de un volcán con el cráter lleno de fuego. Significa, le dijo la Comadreja, que usted tiene miedo a las metas demasiado altas, que se conforma con los mediocre, pero sírvame una copa más, este extra brut está delicioso, pidió. Estando allá, siguió contando Madame, empezaron a salir del cráter unos enanos barbudos y repelentes que me insultaban de mil maneras diciendo cosas groseras… ¿qué significa eso?, preguntó muy intrigada cuando la Comadreja que ya iba por la cuarta copa le aclaró: esos demonios no eran más que la representación de sus miedos que la persiguen hasta en los sueños, querida, muy simple.

Sargento: ¿Cómo, cómo? ¿La montaña significa que tiene miedo a subir entonces?

Loisa: No. Tiene miedo a encontrar lo que está en la cima, el premio al esfuerzo que significa subir es…

Sargento: El fuego.

Loisa: El terror a la destrucción, los ríos de lava, todo lo que significa un volcán.

(Punto de flexión: aquí la acción se detiene, cambiamos del discurso metanarrativo a la realidad de ambos en la siguiente pregunta)

Sargento: ¿Y ustedes? ¿No tuvieron miedo del fuego, che?

Loisa: Ustedes tienen el fuego ahora. Nosotros subimos hasta la cima, ciegos de confianza como mi papá, ya le dije: tener mucha fe también es peligroso.

 

(Se escucha una frenada, tiros, campanas, música de la época, conversaciones de la calle, publicidad de la época, música religiosa de órgano, órdenes castrenses, agua que corre, pájaros, auto que se aleja a velocidad, golpes en una puerta y retoma Vivaldi durante medio minuto hasta que se extingue junto con la luz)

(CONTINÚA EN EL 3ER ACTO…)

19

de
Enero

CULPA DE LOS MUERTOS, 3er. ACTO

CULPA DE LOS MUERTOS, OBRA DE TEATRO.

de alejandro maciel

TERCER ACTO

 

(Se abre con Vivaldi, Otoño de Las Cuatro Estaciones, 1er movimiento Allegro, medio minuto. Luego en la pantalla aparecen imágenes borrosas de la represión: uniformados golpeando a gente, pateando las puertas de casas, humo, la represión de Ezeiza, un musical de la TV de la época, desfile militar, López Rega, Massera, Videla, explosiones, el presidente de EEUU, aviones de combate, una publicidad televisiva de la época. Luego la imagen de Agustín, el “Ángel fatal”.

Agustín: Monseñor Santana creerá que está jugueteando con los trámites y está bien que crea siendo un hombre de

fe como es, pero con los generales no se jode.

Cada norma tiene su procedimiento y nadie, por dedicado al Señor que esté, puede eludir sus responsabilidades.

(Aparece, de espaldas Monseñor Santana conversando con Agustín, se ve que se trata de un sacerdote por las ropas, se escucha la voz pero no se verá su rostro)

Monseñor:

¿Cómo puedo saber que estos nombres que les doy van a

parar en un simple interrogatorio? Hay gente que desaparece.

Mi grey es el legado que me confió el Señor. Mi deber es conducirlos directo al cielo por el camino más recto.

Agustín:

-Correcto, monseñor. Pero cuál es ese camino lo deciden

los generales, no usted ni yo, con todo respeto. Porque el

Estado es lo más sagrado en esta tierra, eso hay que entenderlo.

Monseñor:

-El Vaticano también es un Estado.

Agustín:

-Allá ustedes con su Vaticano y su cielo, pero las cuestiones

políticas no se deciden en la mesa del altar sino en la mesa de la Junta, que para eso los generales aprendieron a custodiar las leyes humanas con armas y no con agua bendita.

Los hombres son remisos, monseñor, ni hablar de las mujeres que desde que se emanciparon se creen líderes y caudillas cuando ni siquiera pueden poner orden en su casa. Su grey es arisca, hay más lobos disfrazados de ovejas de lo que usted sospecha.

Esa célula que me alistó la otra vez, por ejemplo. Se les hizo un operativo y ¿qué cree que encontramos en los allanamientos?

La biblioteca del anarquismo que pretende

sumir a la patria en el fango y entonces, querido monseñor, no le quedarán ni ovejas ni lobos, ni grey. Todo habrá sido arrasado por el ateísmo y la anomia. ¿Se imagina vivir sin ley?

Por algo Jehová empezó por las tablas, monseñor. Allí escribió la Ley con Su dedo de fuego de una vez para siempre, ¿acaso decretó la propiedad social?, ¿la plusvalía?, ¿el sindicalismo organizado? ¿Escribió Jehová ese libro del Capital? ¿Escribió que Su Decálogo debía interpretarse dialécticamente oponiéndole contrarios doctrinales?

No, monseñor. Deje que los generales rastrillen las eras

para separar la hez del trigo. Quédese tranquilo, le doy mi

palabra que le devolveremos todo el trigo, limpio de malezas.

Deje que el diablo haga su trabajo y rece por nosotros, créame que no es una tarea fácil.

(Sonidos confusos, explosión, órdenes de toque de queda, sirenas, piano con música patria, como “Aurora”, fragmento de una baguala triste, perros que ladran, rock, declaraciones de Martínez de Hoz, un teléfono que llama insistentemente. Cuando se enciende la luz está la mujer convertida en un personaje con un sombrero de esos que usaban los puritanos, una mañanita, y una toga. Aparece el hombre también convertido en un personaje del nonsense con tres o cuatro elementos de vestuario, se mueven como los personajes que representan no como Loisa y el Sargento. ¿Es esto un sueño? ¿Una pesadilla para justificar la pesadilla mayor que es el país estragado por la violencia? El autor no lo sabe y el espectador tampoco, o le dará la explicación que le parezca según su reconstrucción de la situación total, eso no interesa mucho, el teatro no debe explicar nada, no es un tratado sociológico, se limita a ser un ensueño)

 

Zorrino: ¿Eres feliz?

Madame: Mmm, no sé. Me toma tan de sorpresa, doctor. ¿Por qué?

Zorrino: Para venderle una estampita de San Pantaleón, si no es feliz. Yo tampoco soy feliz, soy desdichado pero me conformo, el mundo también es bastante infeliz.

Comadreja: Un Dios feliz no pudo haber creado un mundo triste.

Zorrino: Sí, pero no olvide que las criaturas que vivimos en él somos responsables de su infortunio, no podemos echar toda la culpa a Dios, no y no. Me mortifica la guerra y tantos inocentes sufriendo las consecuencias, ¿no le parece?

Comadreja: Sin embargo, no me siento responsable de las calamidades naturales que son mil veces más destructivas. No tengo nada que ver con los huracanes, por ejemplo. Yo tampoco inventé la muerte como destino.

 

Zorrino: ¿Quiere alguna estampita? A veces, sirve para resistir, la fe mueve montañas, dicen…

Comadreja: Los terremotos, también.

Zorrino: Sea devota, sea buena y le juro que se salvará, todo esto (hace un gesto con los dos brazos como abarcando todo el espacio posible) no es más que ilusión. La verdad está en el espíritu y los dolores sirven para darle valor a la felicidad cuando aparece.

Comadreja: ¿La muerte también?

Zorrino: Bah, la muerte no es más que la alcahueta de la eternidad, cada fecha es una flecha inquieta que viaja del futuro al pasado.

Comadreja: Creí que era exactamente al revés.

Zorrino: Nada es exacto, ¿qué quiere decir con “al revés”?

Comadreja: Creí que el tiempo iba del pasado al futuro.

Zorrino: Es otra ilusión, las cosas ya sucedieron, toda la historia no es más que un recuerdo, vamos hacia el pasado y cuando lleguemos a la meta todo volverá a la tranquilidad.

 

Comadreja: ¿Allí terminará todo?

Zorrino: No hará falta, porque la Historia tendrá la bondad de no empezar. Nuestra memoria le servirá de escarmiento.

 

(De nuevo la música de Vivaldi, medio minuto, luego sirenas estridentes, la luz se fue extinguiendo cuando se enciende un reflector que apunta al público, barre la platea hasta que se detiene en una persona, se escucha una voz de mando que dice: ¡Quieto ahí! No se mueva que lo estamos apuntando. ¡Documentos!…)

(CONTINÚA EN EL 4TO ACTO…)

19

de
Enero

CULPA DE LOS MUERTOS, 4TO. ACTO

CULPA DE LOS MUERTOS (IV)

CUARTO ACTO

(Abre Vivaldi, 3er movimiento (Allegro) de “El invierno” de las Cuatro Estaciones, medio minuto, luego en total silencio reanuda la pantalla esta vez con un militar de espaldas haciendo el siguiente interrogatorio y cuando termina, el Sargento, que está sentado escuchándolo, empieza su alegato ya con la luz y la pantalla vacía)

Militar:

 

¿Cómo es posible que un militar tan meritorio como usted haya caído en esa trampa, sargento? ¿Me puede explicar? Usted sabe que nosotros no podemos cometer la debilidad de equivocarnos, hay un reglamento que es más sagrado que el catecismo, allí dice qué se debe y qué no se debe hacer. Usted sabía perfectamente que estas cosas no están permitidas, se lo puso a cargo de la custodia de los… detenidos. Custodia, repita conmigo: cus-to-dia (el Sargento, sentado, repite), de nuevo Cus-to-dia. ¿Sabe lo que significa eso? Cuidado, resguardo, vigilancia, control. Usted es el ojo del Estado en este lugar. ¿Cómo se permitió intimar con una prisionera? ¿Qué creyó, que estaba en una colonia de vacaciones? Esa gente es extremadamente peligrosa, parecen indefensos pero están ahí para corroer las conciencias, para meterse en lo más recóndito, para hurgar información y usted se pone a intimar con ella. Le exijo que solucione este asunto, como hombre, le damos un plazo, resuelva usted el lío en el que usted se metió, pero la solución debe ser tan grave como el problema, ¿me entiende? Y no me venga con sentimentalismos, un soldado únicamente ama a la patria, lo demás es debilidad, flojera, demuéstrenos que está por encima de eso. Sargento: ¡Meses y meses esperando órdenes! Acá solamente el silencio, ¿sabe lo que es el silencio sobre el silencio veinte meses? No, allá en el comando sirven a la patria a lo grande, allá nadie se siente abandonado, ¿sabe lo que es el abandono, mi general? Un padre que se fue, una madre que nunca está, una pobre vieja tratando de ser papá, mamá, tía, toda la parentela. ¿Y la Sagrada Familia? Bien, gracias, allá en las pinturas de la iglesia, nunca fui importante para nadie, siempre me sentí un estorbo, ella, la enemiga es la única que me trató como una persona y no como un subalterno.

¡A las órdenes!

Loisa: (Entrando, con una bolsa de papel, se le nota un pequeño embarazo) Hola.

Sargento: (Visiblemente nervioso) Hola.

Loisa: ¿Qué pasa?

Sargento: Nada, es que… nada, nada.

Loisa: No pregunto más.

Sargento: A veces, es lo mejor.

Loisa: No creo eso, pero no pregunto.

Sargento: ¿Y mi bebé?

Loisa: ¿Y mi bebé?

Sargento: Ya te dije: no sé nada.

Loisa: (Se le acerca, lo acaricia) Ahora te entiendo, yo tampoco sé qué pasó aquí. No entiendo nada.

Sargento: No más mentiras.

Loisa: No, por favor. No más. Todo este armazón de la Argentina ya es una inmensa mentira, no más mentiras.

Sargento: Los entregan. (Lo dice abruptamente como quien se quita un peso enorme)

Loisa: ¿A quiénes los entregan?

Sargento: A los niños capturados, a tu hijo, por ejemplo. El Ejército asigna los chicos a militares o amigos para adopción.

Loisa: Pero no es legal…no hay documentos, papeles.

Sargento: (Sonriendo) Mi vida, qué ingenua sos a veces. Ellos gobiernan.

Loisa: Pero los chicos tienen familiares, tienen documentos, tienen nombres y apellidos.

Sargento: Ellos tienen el poder, jueces, ministros, secretarios de acción social, es así, yo no quería amargarte, no quería hacer sufrir a mi bebé (acaricia la panza a Loisa) no quería pero no importa lo que yo quería o no quería, juré que basta de mentiras.

Loisa: ¿Y mis amigos? ¿Y Juan Carlos?

Sargento: Un mes después que llegaste…

Loisa: ¿Los…mataron?

Sargento: Más o menos; quiero decir, vinieron a buscarlos, se los llevaron.

Loisa: ¿Se los llevaron?

Sargento: No sé adónde, es la estrategia, nadie sabe lo que sabe el otro, únicamente el comando tiene todos los datos.

Loisa. ¿Y yo? ¿Qué pasó conmigo?

Sargento: No sé, no estabas en la lista. Le pregunté al mayor que vino a realizar el traslado, me dijo “No está en esta lista” y después venían otros prisioneros, otras listas pero no figurabas en ninguna, por eso habrás visto mucha gente en el patio.

Loisa: No estoy en la lista.

Sargento: En esta, ni en las otras.

Losa: ¿Dónde estoy?

Sargento: ¿Me querés… todavía? ¿Un poquito? Poco…

Loisa: No sé.

Sargento: ¿Y a nuestro hijo?

Loisa: (Sonríe) Soñé con papá, mirando la ventana, viendo crecer a mi hijo.

Sargento: ¿Cuál de los hijos?

Loisa: Los dos son mis hijos (Lo dice firme). ¿Sabés, qué, Francisco? Me voy a defender con uñas y dientes, hasta la última gota de sangre.

Sargento: Estoy con vos, ahora.

Loisa: ¿Y el Ejército?

Sargento: Siempre fui un huérfano más en el ejército. No me quiere, ni un poquito así (señala una pequeña medida entre el índice y el pulgar).

Loisa: Yo sí te quiero. Un poquito.

Sargento: ¿Muy poco?

Loisa: Un poquito.

Sargento: ¿Y el bebé, me quiere?

Loisa: Otro poquito.

Sargento: Ya tengo lo que necesito.

Loisa: En el sueño, papá miraba al chico a través de la ventana, esa ventana donde dejó correr la tristeza cuando lo estafaron. Son extraños los sueños, yo estaba limpiando algo en la cocina, no veía al nene pero sabía que era mi hijo, y de repente papá se levantó de la silla y miró hacia donde estaba el chico con una cara de espanto, no sé si era toda la indignación que sintió cuando comprobó que sus amigos lo habían estafado, o si algo horrible y siniestro le sucedió a mi hijo. Algo así, algo fatal, espantoso…

Sargento: Calma, tranquila, yo estoy aquí.

Loisa: Entonces me desperté. O no sé, tal vez esto que estamos viviendo sea la verdadera pesadilla, Francisco.

Sargento: Pase lo que pase quiero que sepas que nunca… (ella le tapa la boca)

Loisa: No más juramentos, por favor.

Sargento: No, tranquila, calma.

(Se escuchan tiros, ruidos de autos)

Loisa: (Mirándolo) ¿Qué pasa, Francisco?

Sargento: Calma, estoy aquí.

(De nuevo ruidos de motores)

Loisa: ¿Hay algo que yo no sé? (Mirándolo fijo) Es la misma mirada de mi papá en el sueño. ¿Qué pasa?

Sargento: El mando sabe todo.

Loisa: Ah, ya me parecía que algo pasaba.

Sargento: Saben que estás embarazada, saben que vos y yo…

Loisa: ¿Qué te ordenaron hacer?

Sargento: Barrerte.

Loisa: ¿Vos me vas a matar?

Sargento: No.

Loisa: Salváte, por favor.

Sargento: No. Calma, ya se van a olvidar.

Loisa: No, el odio no olvida, nunca se olvida. Estoy perdida.

Sargento: No. Jamás te haría daño.

Loisa: Pero, ¿acaso no entendés?

(Sirena, patrulleros, ruidos metálicos de algo que corta una y otra vez en forma machacona y atroz)

Sargento: Entiendo todo, nunca vi tan claro, que sos lo único por lo que vale la pena vivir.

Loisa: Ahí tenés el arma Francisco, dame un tiro en la cabeza, quiero que te salves.

Sargento: No.

(Voces desde afuera hasta que un megáfono ordena: Sargento Ortiz, preséntese ante la superioridad en forma urgente)

Loisa: (Le quita el arma del uniforme y se la pone en la mano) Es fácil, un tiro acá (señala la sien) y te salvás para cuidar a tus hermanos.

Sargento: No. No me quiero salvar para ser como mis asesinos. No, por favor por ese poquito que me querés, no me pidas más.

Loisa: Francisco… mi francisquito.

(Último aviso Sargento Ortiz: salga de inmediato con las manos en alto, entréguese o vamos a reprimir. Se escucha Vivaldi, ellos se abrazan suavemente, se escuchan golpes como de una puerta que se derriba, luego tiros y la oscuridad final, sólo queda Vivaldi flotando con la música de La Primavera)

FIN

 

 

 

 

 

18

de
Enero

Culpa de los muertos (versión teatral)

Welcome to blog.terra.com.ar. This is your first post. Edit or delete it, then start blogging!

 CULPA DE LOS MUERTOS: OBRA TEATRAL BASADA EN LA NOVELA DEL MISMO TÍTULO PUBLICADA POR EDICIONES RUBEO, BARCELONA, 2008.

Alejandro Bovino Maciel nació en Corrientes, Argentina. El CV puede consultarse en:

http://curriculumweb.net/talomac

Espacios en la red de redes:

http://alebovino.blogspot.com

Report abuse Close
Am I a spambot? yes definately
http://culpateatro.blog.terra.com.ar
 
 
 
Thank you Close

Tu denuncia ha sido enviada.

La misma será procesada para tomar las medidas correctas. Esperamos que continues participando y haciendo crecer al servicio de Terra Blog.